Hay momentos en los que no sientes dolor, aunque sabes que deberías sentirlo ahí dentro. Y en ese momento te asustas, temiendo lo peor, temiendo que algo hermoso en tu interior se haya roto por siempre.
Pero al final el dolor acaba volviendo tarde o temprano, e irónicamente desaparece el miedo. Y suspiras aliviado por volver a sufrir.
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